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Adoración Eucarísitica


I. ADORACIÓN A LA EUCARISTÍA

1. El amor a la Eucaristía fuera de la Misa
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La presencia de Jesucristo en la Eucaristía es una demostración del amor que Dios tiene a los hombres, que ha querido perpetuar a través de los siglos para ser nuestro alimento, nuestra compañía y un medio excepcional para que podamos demostrarle nuestra fe y nuestro amor.
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La celebración del Sacrificio de la Eucaristía se completa con la Comunión de Cristo que se entrega por nosotros.
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La presencia de las especies consagradas no pierden su carácter de alimento por el hecho del intervalo que separa las palabras de la Consagración del momento en que se va a comulgar.
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Por eso, desde los inicios del cristianismo se reservaron las Sagradas especies para poder llevarla a los enfermos y para que los fieles pudieran comulgar fuera de la Misa. La conservación de las Sagradas especies introdujo la costumbre de adorar este Manjar del cielo conservado en el Sagrario.
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Hay una unidad y una estrecha interrelación entre el Sacrificio, el Alimento y la Presencia real.
La participación en la celebración eucarística ha de llevar a la Comunión y a la adoración después de la Misa; y la adoración eucarística -que tiene su inicio en la Misa- debe tener como fin la mayor y mejor participación en la celebración.
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Estas demostraciones de piedad constituyen una de las mayores pruebas de la fe y del amor de los cristianos a Dios. De una parte, son muestra de gratitud ante el sublime don recibido: Dios mismo, que con tan gran "deseo" (desiderium desideravi) quiso instituir este Sacramento, y ante el que no debemos quedar indiferentes ni podemos acostumbrarnos, pues realmente Dios está entre nosotros y para nosotros.
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La vida cristiana es ante todo "vida" que, comenzada en el Bautismo y potenciada en la Confirmación, alcanza su culmen en este Sacramento.
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Saber que Dios está escondido ahí en las dimensiones de las especies sacramentales y no comulgar ni acercarse a su vera para adorarle, sería un conocimiento estéril, una fe sin obras, muerta.
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De modo semejante a como la vida natural se manifiesta en el movimiento y en la acción, la fe se demuestra en la vida, en las obras.
Y si bien la fe debe informar todas las dimensiones y relaciones humanas, necesita primariamente demostrarse en el trato con Dios, donde se alimenta esa vida sobrenatural, que son los sacramentos, las oraciones y las devociones.
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Ser cristiano no se limita a ser buena persona en la vida diaria, sino que consiste en vivir de la fe y del amor en el transcurso del día, demostrándolo en la relación con sus hermanos. Pero para eso tiene que circular por las venas de su alma la vida divina, y la fuente y el culmen de esa vida es la Eucaristía.
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2. La Archicofradía de los Jueves Eucarísticos
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Nació en 1907, en Vigo, como fruto de los Decretos que fomentaban la Comunión frecuente y diaria del Pontífice San Pío X.
Fue su fundador el capuchino R. P. Juan de Guernica, que dio forma a la inspiración divina que tuvieron doña María Saracho y Spínola y su hija María Margarita, siendo aprobada el 14 de agosto de ese año por el entonces Obispo de Tuy, don Valeriano Menéndez Conde.
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La finalidad que se pretendía era que el jueves, día en que el Señor instituyó la Eucaristía como muestra de su amor hasta el extremo por nosotros, hubiera cristianos que quisieran comprometerse a dedicar en ese día de la semana un rato largo para adorar a Jesús Sacramentado, y lo hicieran según un modo establecido en grupos de doce personas, como doce fueron los apóstoles.
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La meditación con el recuerdo de aquel largo rato de oración de Jesús en el Cenáculo podía despertar afectos y ser la hora del amor, que preparase a la recepción de la Sagrada Comunión.
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3. Dios está aquí
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Cantemos al Amor de los amores, cantemos al Señor: Dios está aquí.
Es inaudito, pero es la realidad. Para quienes no tienen fe es increíble, pero no lo es para quienes creemos en la palabra de Dios.
Jesús lo afirmó con claridad: Quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él (Jn 6,56).
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Agradecemos a Dios que nos haya dado a conocer esta verdad, pero se requiere como respuesta un acto de fe personal: Te creo, Señor; si Tú lo dices, será así. Para eso hacía Jesús los milagros, para que, viendo sucesos extraordinarios, creyeran cosas humanamente increíbles, misterios que sólo sabe Dios y de los que desea hacernos partícipes.
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Los contenidos de la fe son un regalo para los que tienen fe, para los humildes.
Los cristianos conocemos realidades maravillosas y salvíficas que no pueden ser conocidas los quienes se guían exclusivamente por sus propias evidencias, su experiencia y su limitada razón.
La Eucaristía, en este sentido, es un regalo para los que tienen fe.
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En la Biblia se descubre el interés de Dios por estar cerca de los hombres, de aquellos que le pueden reconocer como Dios.
Por eso, Dios hizo una alianza con el pueblo de Israel.
Ellos se comprometían a escuchar su voz y a obedecerle, y Dios se comprometía a estar en medio de ellos y a protegerles.
Su presencia estaba en un lugar sagrado (la Shekinâ): Me harán un santuario y habitaré en medio de ellos (Ex 25,8).
Primero fue la "Tienda del encuentro" durante el éxodo por el desierto y luego instalada en Jerusalén, y después reemplazada por el Templo de Salomón.
Allí, en el "Sancta sanctorum" habitaba Dios de una manera especial en medio de su pueblo.
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Pero al llegar la plenitud de los tiempos, Dios mismo puso su tienda entre los hombres, y habitó entre nosotros, como dice Juan en el prólogo de su Evangelio (Jn 1,14).
Aquella presencia de Dios en medio de Israel quedó sustituida por un Hombre en cuyo cuerpo habita en plenitud la divinidad. Jesús es el Emmanuel, Dios con nosotros.
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Él predijo a los judíos que, si le mataban, ya no habría templo en Jerusalén, y que Él al tercer día reedificaría otro templo no hecho por mano de hombre.
Una vez resucitado ya no iba a haber más templo ni lugar donde se adorara a Dios, porque los verdaderos adoradores adorarían en espíritu y verdad.
Ya no sería un "lugar" donde se adoraría a Dios, sino una Persona: dondequiera que se halle el Cuerpo de Cristo, allí estará Dios.
Quien desee encontrarse con Dios tiene que ir a Él, porque no se nos ha dado otro nombre bajo el cielo, no hay otro camino, no hay otro lugar.
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Cristo está en su Iglesia (Mt 28,20) y en todo hombre que permanezca en su palabra y en su amor (Jn 14,16; 15, 4-9), pero de una manera especial -de modo sacramental- en su Cuerpo y en su Sangre (Jn 6,56): Esto es mi cuerpo..., ésta es mi sangre... (Mc 14,22; 1 Cor 11,24).
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En los sacramentos de la nueva ley se simboliza con signos visibles la realidad que contienen, y en ellos se hace presente Cristo y nos da su gracia; pero "El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. Eleva la eucaristía por encima de todos los sacramentos y hace de ella como la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos.
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En el santísimo sacramento de la Eucaristía están contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero.
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La Eucaristía no es una simple referencia a la persona de Cristo, sino que es su misma Persona.
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4. Cristo, ofrenda permanente
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Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, hace memoria de la Pascua de Cristo y ésta se hace presente: el sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la cruz, permanece siempre actual" (C.E.C., 1.62 y 1.364).
Cristo permanece en la Eucaristía como estaba en la Cruz, ofreciéndose al Padre, y ofreciéndose por nosotros.
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Jesús vino a este mundo, como decimos en el Credo, "por nosotros los hombres y por nuestra salvación". El momento álgido (el kairós) de su estancia en la tierra fue su muerte y resurrección, el misterio pascual.
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Por medio del pan y del vino, la Eucaristía hace presente a Cristo en ese misterio salvífico de su vida: Siempre que coméis este pan y bebéis este cáliz anunciáis la muerte del Señor hasta que vuelva (1 Cor 11,26), escribió san Pablo.
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Para los primeros cristianos y para los que vendrían después, Jesús resucitado era "el Señor", Dios; y aunque cuando se hace presente ahora, lo hace tal como vive actualmente, es decir, resucitado, su modo estar ahí es en estado de ofrenda, de entrega.
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"Es grandemente admirable que Cristo haya querido hacerse presente en su Iglesia de esta singular manera. Puesto que Cristo iba a dejar a los suyos bajo su forma visible, quiso darnos su presencia sacramental; puesto que iba a ofrecerse en la cruz por nuestra salvación, quiso que tuviéramos el memorial del amor con que nos había amado hasta el fin, hasta el don de su vida.
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Y de la misma manera que decimos que Jesús no vino a la tierra simplemente para estar sin más por Palestina, sino para entrar en relación con los hombres, para hablarnos, para salvarnos, darnos ejemplo y que los hombres pudiéramos entrar en relación personal con Él, también podemos decir que la presencia de Cristo en la Eucaristía no es simplemente para "estar ahí", sino que se ha quedado "para nosotros".
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La Eucaristía no fue instituida para estar simplemente milagrosamente en el sagrario, sino que es "para nosotros", para que Le recibamos como alimento espiritual de nuestras almas.
Pero además su presencia constante en las especies sacramentales es una invitación suya a que le acompañemos pues bien sabe Dios que necesitamos de su cercanía, ya que la amistad lo requiere y desea.
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La adoración eucarística no puede quedarse, por tanto, en una asistencia pasiva ante la Hostia expuesta o ante el sagrario.
Adorar ha de ser ante todo una comunión con Cristo en su misterio pascual de muerte y resurrección.
Comunión que tiene como fin la plena configuración con Cristo hasta poder decir como San Pablo Ya no vivo yo, pues es Cristo el que vive en mí (Gal 2,20).
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La adoración eucarística se convierte entonces en una adoración al Padre, en Cristo, por el Espíritu Santo, en una adoración en espíritu y en verdad (Jn 4,24), como desea Dios que se le adore.
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5. La adoración eucarística
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La cumbre del culto a Dios es el Sacrificio de la Cruz que se renueva cada día en nuestros altares, pero como la permanencia de Cristo en las especies sacramentales hace referencia directa al Sacrificio eucarístico, bien puede decirse que los fines de la Misa se prolongan en el Sacramento: la adoración, impetración de perdón, la petición y la acción de gracias. Cristo Sacerdote permanece en la Eucaristía como mediador para que nuestro culto sea agradable al Padre.
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La adoración eucarística es adoración a Cristo, verdadero Dios.
Pero también es adoración al Padre a través de nuestro mediador que es Él: "La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de su Cabeza. Con él, ella se ofrece totalmente. Se une a su intercesión ante el Padre por todos los hombres.
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En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo presente sobre el altar da a todas a las generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda" (C.E.C. 1368).
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He aquí el sacerdocio común de todos los fieles, que por estar bautizados pueden dar culto agradable a Dios, y unidos a Cristo oferente en la Eucaristía (en el sacrificio de la Misa primordialmente) pueden participar del sacerdocio de Cristo, ofreciéndose ellos mismos y todas sus actividades en una total disponibilidad al Padre.
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El Sacramento de la Eucaristía, como prolongación del Sacrificio del Altar, es donde el cristiano puede -por Cristo, con Él y en Él- rendir el culto más excelso: adorar, dar gracias, pedir bienes y pedir perdón.
Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración" (Juan Pablo II, Carta Dominicae Cenae, 3).
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6. Adoración y solidaridad
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Jesús fue a la vez e inseparablemente el contemplativo del Padre y el que tanto trabajaba en servicio de los demás que no tenía tiempo ni para comer. Por eso, aunque en la Iglesia haya diversos carismas y se distinga entre almas contemplativas y las que se dedican a la acción evangelizadora, en realidad no debe de haber una contraposición radical, pues todos hemos de cultivar esas dos proyecciones.
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Asimismo, quienes se dedican a los enfermos, a la enseñanza, o desarrollan sus deberes profesionales y familiares, no deben dejar de tener un tiempo dedicado a la oración, y concretamente a la adoración a Jesús Sacramentado, de donde sacarán su fuerza, y donde, al reavivar la presencia de Cristo, se reavivará la presencia de los otros Cristos, los hombres.
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Por tanto, sea cual sea el carisma de una institución dentro de la Iglesia, y aunque sea mucho el trabajo -la acción- que el cristiano tenga que desarrollar, nunca ha de faltar un tiempo dedicado a la adoración a Cristo, como medio importantísimo por donde Dios nos concederá la profundidad en la oración, la eficacia de nuestra labor y el verdadero sentido de la solidaridad.
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Unas palabras de la Madre Teresa de Calcuta pronunciadas en el Congreso Eucarístico de Nairobi (1985) pueden servir de testimonio elocuente:
"Si de verdad aspiramos a crecer en el amor, hemos de volver a la Eucaristía y a la adoración."
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En su despedida entrañable en el Cenáculo, Jesús expresó un deseo que conviene que no olvidemos nunca: Cuando me vaya y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy, estéis también vosotros (Jn 14,3).
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Él, que no se deja ganar en generosidad, solucionará todos nuestros pesares y necesidades; y sobre todo nos concederá aquello que más necesitamos y que sólo Dios puede dar: la Fe, la Esperanza y la Caridad.