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Los Santos hablan de la Misa




SACRIFICIO DE LA CRUZ

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La Iglesia no cesa jamás de revivir su muerte en Cruz y su Resurrección, que constituyen el contenido de la vida cotidiana de la Iglesia. En efecto, por mandato del mismo Cristo, su Maestro, la Iglesia celebra incesantemente la Eucaristía, encontrando en ella la «fuente de la vida y de la santidad» (cfr. Letanías del Sgdo. Corazón), el signo eficaz de la gracia y de la reconciliación con Dios, la prenda de la vida eterna.

(JUAN PABLO II, Enc. Redemptor hominis, 11, 7).
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El sacerdote habla en las oraciones de la Misa en nombre de la Iglesia, en cuya unidad está. Mas en la consagración habla en nombre de Cristo, cuyas veces hace por la potestad de orden.

(SANTO TOMAS, Suma Teológica, 3, q. 82, a. 7 ad 3).
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La Misa es acción divina, trinitaria, no humana. El sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, en la Persona de Cristo, y en nombre de Cristo.

(J. ESCRIVA DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, 86).
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EFICACIA DE LA SANTA MISA
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Cada Misa que se celebra se ofrece no sólo por la salvación de algunos, sino también por la salvación de todo el mundo.
(PABLO VI, Mysterium fidei, 3-9-1965, n. 4)
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Cuando celebro la Santa Misa con la sola participación del que me ayuda, también hay allí pueblo. Siento junto a mí a todos los católicos, a todos los creyentes y también a los que no creen. Están presentes todas las criaturas de Dios —la tierra y el cielo y el mar, y los animales y las plantas—, dando gloria al Señor la Creación entera.

(J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Hom. Sacerdote para la eternidad, 13-41973).
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La santa Misa alegra toda la corte celestial, alivia a las pobres ánimas del purgatorio, atrae sobre la tierra toda suerte de bendiciones, y da más gloria a Dios que todos los sufrimientos de los mártires juntos, que las penitencias de todos los solitarios, que todas las lágrimas por ellos derramadas desde el principio del mundo y que todo lo que hagan hasta el fin de los siglos
(SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la Santa Misa).
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JESUCRISTO SACERDOTE Y VICTIMA
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El sacerdote es un representante del Sacerdote eterno, Jesucristo, que al mismo tiempo es la Víctima.
(J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, 85).
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Cristo es a la vez la víctima y pontífice. Pues el que ofrece el sacrificio al Padre en el altar de la cruz es el mismo que ofrece su propio cuerpo como víctima.
(ORIGENES, Hom. sobre el Génesis, 8).
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No es el hombre quien convierte las cosas ofrecidas en el cuerpo y sangre de Cristo, sino el mismo Cristo que por nosotros fue crucificado. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia aquellas palabras, pero su virtud y la gracia son de Dios. Esto es mi cuerpo, dice. Y esta palabra transforma las cosas ofrecidas
(SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilía sobre la traición de Judas, 1).
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SACRAMENTO DE LA UNIDAD
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Esto es lo admirable de esta festividad: que él reúne para celebrarla a los que están lejos y junta en una misma fe a los que se encuentran corporalmente separados.
(SAN ATANASIO, Carta 5)
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El día llamado del sol nos reunimos en un mismo lugar, tanto los que habitamos en las ciudades como en los campos, y se leen los comentarios de los apóstoles o los escritos de los profetas, en la medida que el tiempo lo permite. Después, cuando ha acabado el lector, el que preside exhorta y amonesta con sus palabras, en la medida que el tiempo lo permite.

Luego, nos ponemos todos de pie y elevamos nuestras preces; y, como ya hemos dicho, cuando hemos terminado las preces se trae pan, vino y agua; entonces, el que preside eleva fervientemente oraciones y acciones de gracias, y el pueblo clama: Amén. Seguidamente tiene lugar la distribución y comunicación, a cada uno de los presentes, de los dones sobre los cuales se ha pronunciado la acción de gracias, y los diáconos los llevan a los ausentes.
(SAN JUSTINO, Apología 1. a, 66-67).
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La unidad de los fieles, que constituyen un solo cuerpo en Cristo, está representada y se realiza por el sacramento del pan eucarístico.

(CONC VAT 11, Const. Lumen gentium, n. 3)
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PREPARACION
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¿Estáis allí con las mismas disposiciones que la Virgen Santísima estaba en el Calvario, tratándose de la presencia de un mismo Dios y de la consumación de igual sacrificio?
(SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre el pecado).
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Reunidos cada domingo, partid el pan y dad gracias, después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea puro
(Doctrina de los doce apóstoles)
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La Misa acabada, recójase media hora a dar gracias y hólguese con el que en sus entrañas tiene, y aprovéchese de El, no de otra manera de como cuando acá vivía fue recibido de Zaqueo o de Mateo, o de otro que se lea; porque el más quieto tiempo de todos es aquel mientras el Señor está en nuestro pecho, el cual tiempo no se ha de gastar en otras cosas.
(SAN JUAN DE AVILA, Carta 5).
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La unidad de los fieles, que constituyen un solo cuerpo en Cristo, está representada y se realiza por el sacramento del pan eucarístico.

(CONC. VAT II, Const. Lumen gentium)
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ACCION DE GRACIAS
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Reunidos cada domingo, partid el pan y dad gracias, después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea puro.
(Doctrina de los doce apóstoles)
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A la celebración ha de seguir la acción de gracias.

¡Cuántos libros de piedad exhortan e inculcan la acción de gracias después de la Misa!; pero, ¿Cuántos son los que la dan?
La acción de gracias después de la Misa no habría de terminar sino con el día. El tiempo que sigue a la Misa es tiempo de negociar con Dios y de hacerse con tesoros celestiales de gracias.
(SAN ALFONSO Mª DE LIGORIO, Misa y of icio atropellados, 1. c., pp. 422-423).
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La unión espiritual con Cristo, a la que se ordena el mismo sacramento, no se ha de procurar únicamente en el tiempo de la celebración eucarística, sino que ha de extenderse a toda la vida cristiana, de modo que los fieles cristianos, contemplando asiduamente en la fe el don recibido y guiados por el Espíritu Santo, vivan su vida ordinaria en acción de gracias y produzcan frutos más abundantes de caridad.

Para que puedan continuar más fácilmente en esta acción de gracias, que de un modo eminente se da a Dios en la Misa, se recomienda a los que han sido alimentados con la sagrada comunión que permanezcan algún tiempo en oración.
(PABLO VI, Eucharisticum mysterium, n. 38).
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No saldréis de la iglesia al momento de terminar la santa Misa, sino que os aguardaréis algunos instantes para pedir al Señor fortaleza en cumplir vuestros propósitos
(SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la Comunión).
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PRESENCIA DE LOS ANGELES

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De la misma manera que vemos cómo los ángeles se encuentran rodeando el cuerpo del Señor en el sepulcro, así debemos creer también que se encuentran haciendo la corte en la Consagración.
(SAN BEDA, en Catena Aurea, vol. VI, p. 529).
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Allí están presentes muchos ángeles, para venerar este santo misterio; y así, estando nosotros con ellos y con la misma intención, es preciso que con tal compañía recibamos muchas influencias propicias. En esta acción divina se vienen a unir a nuestro Señor los corazones de la Iglesia triunfante y los de la Iglesia militante, para prendar con El, en El y por El el corazón de Dios Padre, y apoderarse de toda su misericordia.
(SAN FRANCISCO DE SALES, Introd. a la vida devota, II, 14).
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El santo abad Nilo nos refiere que su maestro San Juan Crisóstomo le dijo un día confidencialmente que, durante la santa Misa, veía a una multitud de ángeles bajando del cielo para adorar a Jesús sobre el altar, mientras muchos de ellos recorrían la iglesia para inspirar a los fieles el respeto y amor que debemos sentir por Jesucristo presente sobre el altar. ¡Momento precioso, momento feliz para nosotros, aquel en que Jesús está presente sobre nuestros altares! ¡Ay!, si los padres y las madres comprendiesen bien esto y supiesen aprovechar esta doctrina, sus hijos no serían tan miserables ni se alejarían tanto de los caminos que al cielo conducen. ¡Dios mío, cuántos pobres junto a un tan gran tesoro!
(SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la Santa Misa).
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«CENTRO Y RAIZ» DE LA VIDA CRISTIANA
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La Santa Misa nos sitúa de ese modo ante los misterios primordiales de la fe, porque es la donación misma de la Trinidad a la Iglesia. Así se entiende que la Misa sea el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano. Es el fin de todos los sacramentos
(SANTO TOMÁS, Suma Teológica 3, q. 65 a. 3).
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En la Misa se encamina hacia su plenitud la vida de la gracia, que fue depositada en nosotros por el Bautismo, y que crece, fortalecida por la Confirmación.
(J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, 87).
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LA SANTA MISA EN LA VIDA DEL SACERDOTE
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La devota y sincera celebración de la Santa Misa—que se recomienda vivamente sea cotidiana—lleva el alma del sacerdote a penetrar vitalmente en el sentido profundo de su existencia: que es sacrificio y comunión, vida plenamente consagrada al Padre y plenamente enviada, donada, comunicada al mundo y a los hombres
(A. DEL PORTILLO, Escritos sobre el sacerdocio, p. 63).
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En el misterio del sacrificio eucarístico, en que los sacerdotes cumplen su principal ministerio, se realiza continuamente la obra de nuestra redención, y, por ende, encarecidamente se les recomienda su celebración cotidiana, la cual, aunque pueda no haber en ella presencia de fieles, es ciertamente acto de Cristo y de la Iglesia.

Así, al unirse los presbíteros al acto de Cristo sacerdote, se ofrecen diariamente por entero a Dios y, al alimentarse del cuerpo de Cristo, participan de corazón la caridad de Aquel que se da en manjar a los fieles.
(CONC. VAT. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 13).
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Para satisfacer esta exigencia de unión con Dios y de entrega a los hombres, el sacerdote encuentra el centro y raíz de toda su vida en el Sacrificio Eucarístico, donde en unión con Jesucristo, se ofrece enteramente a Dios en sacrificio de adoración, para llenarse a su vez de la caridad de Cristo
(A. DEL PORTILLO, Escritos sobre el sacerdocio, p. 54).
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Todos los afectos y las necesidades del corazón del cristiano encuentran, en la Santa Misa, el mejor cauce: el que, por Cristo, llega al Padre, en el Espíritu Santo. El sacerdote debe poner especial empeño en que todos lo sepan y lo vivan. No hay actividad alguna que pueda anteponerse, ordinariamente, a ésta de enseñar y hacer amar y venerar a la Sagrada Eucaristía
(J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Hom. Sacerdote para la eternidad, 13-4-1973).
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ATENCION Y PARTICIPACION

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¡Cuántas almas saldrían del pecado, si tuviesen la suerte de oír la Santa Misa en buenas disposiciones! No nos extrañe, pues, que el demonio procure en ese tiempo sugerirnos tantos pensamientos ajenos a la devoción.
(SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la Santa Misa).
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Conviene, pues, venerables hermanos, que todos los fieles se den cuenta de que su principal deber y mayor dignidad consiste en la participación en el sacrificio eucarístico.
(Pio XII, Enc. Mediator Dei, n. 22).
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La Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que, comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada
(CONC. VAT. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 48).
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Es menester que el rito externo del sacrificio, por su misma naturaleza, manifieste el culto interno; y el sacrificio de la nueva ley significa aquel supremo acatamiento con que el mismo oferente principal, que es Cristo, y por El todos sus miembros místicos, honran y veneran a Dios con el debido honor.
(Pio XII, Enc. Mediator Dei).
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VIVIR LA MISA A LO LARGO DEL DIA
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Después de haber participado en la Misa, cada uno ha de ser solicito en hacer buenas obras, en agradar a Dios y vivir rectamente, entregado a la Iglesia, practicando lo que ha aprendido y progresando en el servicio de Dios, trabajando por impregnar al mundo del espiritu cristiano y también constituyéndose en testigo de Cristo en toda circunstancia y en el corazón mismo de la convivencia humana. (PABLO VI, Eucharisticum mysterium,n. 13).
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LA ORACION DE PETICION EN LA SANTA MISA

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No hay momento tan precioso para pedir a Dios nuestra conversión como el de la Santa Misa.
(SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre la Santa Misa).
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SACRIFICIO DEL ALTAR
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Nuestro principal sacrificio es el don saludable que se ofrece sobre el santo altar; el segundo, es el martirio; el tercero, la oración; el cuarto, la alegría del corazón; el quinto, la justicia; el sexto, la limosna; el séptimo, las alabanzas de Dios; el octavo, la compunción del alma; el noveno, la humildad; el décimo, la predicación.
(S. Juan Crisóst., in Psalm. 95, sent. 131, Tric. T. 6, p. 324.)
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Cuando el Sacerdote nombra en el sacrificio a los querubines y serafines, quiere elevar nuestros espíritus de la tierra al cielo, corno si nos dijera: supuesto que en este lugar cantáis acordes con los serafines, asistid con la misma reverencia que los serafines, y rodead como ellos, y con el mismo respeto el Trono Real. No hay que admirar el que aquí estéis en compañía de los serafines, supuesto que Dios os comunica cosas que aún no se atreven a tocar los serafines.
(S. Juan Crisóstomo, Horril. 6, in Isaíam., sent. 161, Tric. T. 6, p. 330 y 33l.)"
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Es necesario socorrer a los difuntos, no con lágrimas de arrepentimiento, sino con oraciones, súplicas, ofrendas y limosnas; pues no sin razón se han instituido estas cosas: no en vano hacemos memoria de los difuntos en la celebración de los divinos misterios, y pedimos por su alivio al Cordero inmaculado que se ofrece, y que llevó y borró los pecados del mundo; y no sin razón, dice en alta voz el que asiste delante del altar mientras se celebran los divinos misterios: esto se hace por todos los que duermen en Jesucristo, y por que celebran su memoria.
(S. Juan Crisóst., Horril. 41, sent. 321, Tric. T. 6, p. 369.)
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Cuando el cordero de Dios es inmolado, dice el Crisóstomo, los serafines están presentes y cubren su rostro con sus seis alas. Mientras estamos en esta vida, añade, este sacrificio transforma la tierra en cielo.

(Barbier p. 375.)
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"El gran sacrificio del Altar basta para satisfacer a Dios, porque tiene un valor infinitamente más grande que el peso de las iniquidades de todo el universo. San Pablo lo dice también a los Romanos: Cuando creció el pecado, sobrepujó la gracia. (Barbier)
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"En su infinita bondad, Jesucristo quiso dejar a su esposa, la Iglesia, visible e indestructible, un sacrificio visible y permanente.

El sacrificio de la Cruz fue en realidad la primera misa...

El sacrificio del Altar es tan grande, que sólo puede ofrecerse a Dios. Podemos sacar de la santa misa cinco frutos principales: primero, aumento de gracias; segundo, remisión de las penas debidas por el pecado; tercero, consecución más fácil de lo que pedimos; cuarto, emisión de actos de fe, de esperanza, de caridad y religión; quinto, seguridad de que asistiendo al sacrificio, y hallándonos ante Jesucristo, ninguna de nuestras oraciones puede quedar sin remedio.
(Barbier. 375 y 376.)