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Día de Gozo y Alegría


Sermón de Proclo de Constantinopla
Obispo
(390-446)
«Día de gozo y de alegría»
(Salmo 118,24)
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¡Qué fiesta más bella la de Pascua!
¡Qué bella la asamblea!
¡Esta fiesta contiene en sí tantos misterios antiguos y nuevos!
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En esta semana de fiesta, o mejor de alegría, por toda la tierra los hombres se alegran e incluso las potestades del cielo se unen a nosotros para celebrar con gozo la resurrección del Señor.
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Exultan los ángeles y los arcángeles que esperan que el rey de los cielos, Cristo nuestro Dios, vuelva de la tierra vencedor.
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Exultan los coros de los santos que proclaman a Cristo «el que fue engendrado antes de la aurora» Salmo 110,3
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Exulta la tierra: la sangre de un Dios la ha lavado.
Exulta el mar: el paso del Señor lo ha honrado.
Que exulte todo hombre renacido del agua y del Espíritu;
que exulte Adán, el primer hombre, liberado de la antigua maldición...
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La resurrección de Cristo no sólo ha instaurado este día de fiesta, sino que en lugar del sufrimiento nos procura la salvación.
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En lugar de la muerte la inmortalidad,
en lugar de las heridas la sanación,
en lugar de la degradación la resurrección.
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En otro tiempo el misterio de Pascua se realizaba en Egipto según los ritos señalados por la Ley; el sacrificio del cordero no era más que un signo.
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Pero hoy celebramos, según el Evangelio, una pascua espiritual que es el día de la resurrección.
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Allí se inmolaba un cordero del rebaño;
aquí es Cristo en persona el que se ofrece como cordero de Dios.
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Allí, un animal del aprisco; aquí, no un cordero,
sino el pastor, él mismo, el que da su vida por sus ovejas (Jn 10,11).
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Allí, los hebreos atravesaron el mar Rojo y entonaron un himno de victoria en honor de su defensor: «Cantemos al Señor, sublime es su victoria» (Ex 15,1).
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Aquí, los que han sido considerados dignos del bautismo, cantan en su corazón el himno de victoria:
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«Uno solo es santo, un solo Dios, Jesucristo en la gloria de Dios Padre. Amén».
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Y el profeta exclama: «El Señor reina vestido de majestad» (Sl 93,1).
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Los hebreos atravesaron el desierto y comieron el maná.
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Hoy, al salir de las fuentes bautismales comen el pan bajado del cielo (Jn 6,51).