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Conmemoración de los Fieles Difuntos




En el día de los Fieles Difuntos, hemos de meditar lo que la muerte representa para los cristianos, el tránsito de la vida terrena a la eternidad bienaventurada.
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Antes de entrar en la gloria, el alma debe purificarse de las imperfecciones que pudo evitar, para ser dignos de estar en la Presencia del que lo creó y lo llamó a ser santo por medio de los talentos que le concedió.
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Es una esperanza con dolor: el fuego purificador. Pero es un dolor aminorado por la esperanza.
La ausencia del amado es un cruel martirio, pues el anhelo de todo amante común es la visión, la presencia y la posesión; cuánto mayor será el encuentro con la persona que más nos amó y cuyo amor es el único que da la verdadera felicidad.
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De esta forma el mes de noviembre es un mes eclesial. Las tres iglesias, la del cielo, la del purgatorio y la de la tierra, se unen y compenetran. Esta compenetración la tenemos en la santa misa donde en cada celebración están presente todos los santos de Cielo, los difuntos y los que todavía no hemos partido unidos en el Espíritu de Dios por medio del sacrifico de su hijo.
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Sí, cada misa es una inmensa asamblea, de proporciones tales que trasciende el tiempo y el espacio y donde también se halla la presencia amorosa de María, primer templo santo del Altísimo.
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La Iglesia de la tierra se compone de caminantes, porquesomos un pueblo en marcha, como los
sraelitas en el desierto cuyo sacrificio del cordero pascual y liberación de Egipto, tiene su realización en los sacramentos del Bautismo y Eucaristía signos sensibles que producen la gracia que representan.
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Pero como la peregrinación del desierto, aunque duró cuarenta años, al fin terminó con el ingreso de los hebreos en la tierra prometida, dando paso lo transitorio a lo estable, así los sacramentos, que son también "signos del futuro", desaparecerán cuando lleguemos a la patria.
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El mismo templo material es un símbolo de la Iglesia eterna, y los cristianos nos sentimos transportados a la "ciudad santa de Jerusalén", donde no hay llanto, ni clamor, ni gemido, porque todo eso son cosas ya pasadas. Por tal motivo Noviembre, debería tener un aspecto pascual y luminoso, que llena de resplandores la gloria futura.
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El cristiano "no se muere", sino que entrega su alma al Creador, en el acto más sublime y trascendental de todos, que de ser posible, debe hacerse en plena concienciapor medio de los sacramentos.
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San Pablo en su carta a los Romanos nos dice que el bautismo es un morir con Cristo para resucitar con Cristo. Por eso el bautismo es el gran sacramento pascual, que primitivamente sólo se administraba en la noche de Pascua.
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Ahora bien, la muerte, que es sólo un símbolo en el bautismo, en el momento de nuestra partida
se hace real, entonces morimos para resucitar a la vida del cielo, cuya gracia santificante, que se nos dio en la aguas bautismales, era como una semilla.
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Por eso la Iglesia llama "día del nacimiento", a aquel en que sus santos murieron y es esa la fecha en que celebramos su día.
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El fiel ve entonces que su alma, sometida a las tentaciones y vaivenes de este mundo, va a pasar, ya libertada, a colocarse bajo la tutela del Buen Pastor que la lleva al redil de la gloria.
Así representaron con frecuencia los primitivos cristianos a las almas de sus difuntos, sobre los hombros del Buen Pastor.
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Las misas ofrecidas por las almas de nuestros seres queridos son de mucha ayuda y consuelo junto con nuestras oraciones y ofrecimientos diarios. Si por diferentes circunstancias no pudimos demostrarles nuestro amor en vida podemos hacerlo de esta manera, que cuando estén en la gloria podrán también interceder por nosotros.