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Milagros Eucarísticos


II. MILAGROS EUCARÍSTICOS


Los cristianos sabemos que en el Pan y el Vino consagrados están el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo, y tenemos certeza absoluta porque Jesús -que es Dios- así nos lo dijo.
Los sentidos sólo captan los aspectos sensibles, pero nuestra inteligencia no tiene como única fuente de conocimientos lo que se capta por los ojos o por el tacto: hay cosas que sabemos y de las cuales tenemos certeza absoluta que son así en la realidad porque nos las han dicho.
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La fe es una fuente de conocimiento muy común en las personas; de hecho casi todo lo que sabemos lo conocemos porque nos lo han contado.
Y si el que nos habla es Dios, no hay mayor seguridad de que las cosas son tal y como Él nos las dice, pues la realidad es como Dios la ha pensado y la ha hecho y la verdad tal como Él la dice.
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La Eucaristía es un premio para los humildes que se fían de lo que Dios dice. Pero además, Dios ha querido hacer algunos milagros a lo largo de los siglos para mostrar que Él puede haberse quedado escondido y vivo en las especies sacramentales.
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Estos son solo algunos milagros eucarísticos.
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1. Los corporales de Daroca
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En el Libro bermejo de la Colegiata de Santa María de Daroca se halla el relato del milagro de los corporales que en dicha colegiata se guardan.
Y aunque el relato no lleva fecha, en otro manuscrito del año 1397 ya se refiere a él.
El relato dice que "según se narra extensamente en historias antiguas, el reino de Valencia lo detentaba el rey moro Zahén; y para que no molestase al reino de Aragón, Jaime I dispuso que el noble y valeroso señor Berenguer de Entenza con tropas de Daroca, Calatayud, Teruel y de sus comunidades mas otras gentes se acercasen a las fronteras del reino de Valencia...
Tras muchas acciones, Jaime I en persona con amplio ejército se unió al noble Entenza y en 15 de octubre de 1238 ocupó la ciudad de Valencia.
Una multitud de moros se retrajeron a Játiva, fortificándose y atacando diariamente a la perdida Valencia.
Por lo que el rey dispuso que Berenguer de Entenza con los suyos fortificasen cierto pueyo llamado Chío, en el término de Luchente, distante unas once leguas de Valencia...
Cierto día que Entenza tuvo premonición de ataque moro, dispuso junto con otros cinco capitanes suyos, confesos y contritos recibir antes del combate la Eucaristía en nombre de toda la tropa cristiana.
Un sacerdote de la iglesia de San Cristóbal de Daroca llamado Mateo Martínez, se dispuso a celebrar la misa en un altar dentro de una tienda de campaña que se alzaba sobre una piedra enorme en forma de ara.
Consagradas las formas, tras sumir el sacerdote su hostia, reservando otras seis para Entenza y sus cinco capitanes, súbitamente atacaron los moros, y los combatientes cristianos, interrumpida en este punto la misa, se aprestaron a rechazar la ofensiva mora, quedando las seis formas ya consagradas pero no sumidas al cuidado del celebrante, quien en vez de sumirlas las recogió en el lienzo de los corporales.
Los capitanes y sus gentes, tras rechazar el ataque moro regresaron a donde quedó el sacerdote, quien declaró haber escondido las seis formas consagradas dentro de los Corporales bajo una gran piedra a fin de evitar las profanase el enemigo moro.
Y sacados los Corporales de su escondite y extendidos, aparecieron las seis formas adheridas al lienzo y teñidas de roja sangre, como si se tratase de la propia carne y sangre de Jesucristo...
Acabada la batalla un 23 de febrero víspera de San Matías, año 1239, abandonado por los moros el castillo de Chío, Berenguer de Entenza ordenó derribar sus muros e incendiarlo.
Y al repartir el botín cogido a los moros surgió disputa sobre el destino de los Corporales: las gentes de Daroca adujeron la condición darocense del sacerdote que había consagrado las seis hostias.
Echadas suertes sobre las ciudades que pretendían los Corporales, por tres veces correspondió a Daroca; pero para evitar sospecha de posible subterfugio en aquellas suertes, se acordó buscar una mula blanca traída de tierra mora, aun no conquistada por cristianos, que desconocía por tanto los caminos de cristianos, y colocando sobre su costillar los Corporales, dentro de una arqueta sujeta con cordones de seda roja, se la soltó sin freno alguno, dejándola discurrir a su natural arbitrio, siguiéndola gentes con luminarias, para que la mula se dirigiera al lugar donde la Providencia designase para residencia de los Corporales.
En este caminar sucederían varios hechos milagrosos...
Y por la vía de Teruel, la mula, despreciando detenerse pese a halagos que recibía en su caminata, un 7 de marzo de 1239, se aproximó a la ciudad de Daroca, a más de cincuenta leguas de Luchente, llegando hasta el hospital de San Marcos, después convento de la Trinidad, hincó patas en tierra y expiró, enterrándola en el atrio.
Los darocenses alborozados y llenos de devoción inusitada trasladaron la arqueta con los Corporales a la iglesia principal de Santa María, instalándolos en altar definitivo para tal relicario.
Y es tradición, que noticioso Jaime I de estos sucesos vino a Daroca a adorar los Corporales, y regaló una custodia de plata sobredorada, concediendo además otros dones y privilegios".
El 10 de mayo de 1263, accediendo a las súplicas de Daroca, el Papa Urbano IV concedió indulgencias a los que concurrieran a la fiesta que se celebraba en Santa María de Daroca.
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2. La iglesia del Corpus de Segovia
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El año de 1410, reinando en España D. Juan Clarísimo, en el cual tiempo por ser el Rey de edad pequeña, que aún no había llegado a los catorce años, y la nobilísima Reina Dª Catalina, madre suya, era Gobernadora de todo el Reino; y siendo Obispo de la ciudad de Segovia D. Juan de Tordesillas, acaeció una cosa admirable y espantosa en esta ciudad.
Y es que un sacristán de la iglesia de San Facundo, estando fatigado por una deuda que debía de ciertos dineros que era obligado, so pena de excomunión, a pagar a otro cristiano, viendo que por su pobreza no podía cumplirlo, determinó pedirlos a un judío médico, que tenía por nombre D. Mayr, vecino de esta ciudad.
El judío le respondió que todo lo que le pedía y mucho más le daría, si por prenda de esto le daba el Cuerpo de Jesucristo, que los cristianos decían era Dios.
Entonces el sacristán prometióselo y dióselo en una custodia muy guardado, y recibió el sacristán los dineros y fuese muy alegre.
Hecho esto, el judío muy contento, mandó llamar a otros judíos amigos y propincuos suyos secretamente, los cuales juntos, les dijo que él tenía la Hostia que los cristianos adoraban por Dios, y les dijo que sobre tal negocio determinasen lo que se había de hacer con deliberación.
Pasado el concilio, tomaron con sus sucias manos el Cuerpo de Nuestro salvador y, menospreciándole, le trajeron a la sinagoga, adonde hicieron gran fuego, y en medio de él pusieron una gran caldera con resina, adonde, estando muy cociendo, determinaron echar el Cuerpo de nuestro Salvador Jesús dentro.
Mas mira el Misterio grandísimo en la Sagrada Hostia: la agarraron para echarla en la caldera y se fue volando por el aire, yendo tras de ella los malvados pensando tomarla; y luego en un momento comenzó a temblar la sinagoga y se oyó un gran trueno y estallido. que todos los postes y arcos se abrieron (y hoy día están así) y fue tan grande el ruido, que todos los judíos pensaron se venía el edificio al suelo.
Entonces viendo los malvados la grandeza del milagro, determinaron tomar un paño limpio, y envuelta en él la sacratísima
Hostia, la llevaron al monasterio de Santa Cruz, de la Orden de Predicadores.
Y contaron al Prior por orden todo lo que había acaecido y le dieron el Cuerpo de nuestro Salvador, el cual lo llevó al altar con toda solemnidad.
Y lo contó todo al Prelado de esta ciudad de Segovia, lo que oyendo el Obispo, se lo dijo a la Reina, que se hallaba en dicha ciudad, y acordaron de común consejo de hacer grande inquisición de esta maldad y echaron en prisiones a todos los principales de los judíos, entre los cuales prendieron a D. Mayr, los cuales después que les dieron tormentos, confesaron la verdad.
Acabada la justicia, el Obispo, con toda la clerecía y Cofradías en solemne procesión, vinieron a esta casa, donde acaeció el milagro, y la consagró para la iglesia que hoy se llama "Corpus Christi", desde cuyo tiempo el día de Corpus Christi cada año se hace una solemnísima procesión por toda la ciudad a esta iglesia.
Para testimonio de lo cual todas estas cosas, por orden común, e informado de hombres que se hallaron presentes al negocio, las escribió el egregio Dr. De Espina en un libro que se llama Pináculo de fe, que está hoy día en San Francisco de Valladolid (cf. I. Rodríguez y Fernández, Segovia. Corpus. Madrid, 1902).
Actualmente esta iglesia del Corpus Christi, situada junto a la Plaza Mayor de la ciudad de Segovia está llevada por madres Clarisas.
Y todavía se sigue haciendo anualmente en las catorce principales parroquias de la ciudad una función de desagravio, con procesión al Corpus, llamada "catorcena".
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3. Santa Clara y los sarracenos
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Corría el año 1240 cuando las tropas del emperador Federico asolaban las tierras de Italia, destruyendo fortalezas y cometiendo toda clase de desmanes.
Un viernes de septiembre de aquel año las tropas sarracenas y tártaras rodearon Asís y, una vez en la ciudad, entraron en San Damián hasta el claustro de las religiosas. Éstas, presa de espanto, acudieron entre lágrimas al dormitorio de Clara de Asís, que se encontraba tendida en su pobre lecho gravemente enferma.
Ella les dijo que tuvieran seguridad porque si Dios estaba con ellas los enemigos no las podrían ofender.
Pese a estar enferma, pidió a sus hijas que la condujeran al refectorio.
Ante la puerta que los enemigos golpeaban con furia desde el otro lado, mandó colocar la cápsula de plata, encerrada en una caja de marfil, donde se guardaba con suma devoción la Sagrada Forma.
Y, postrada en tierra, rezó entre lágrimas así: "Señor, guarda Tú a estas siervas tuyas, pues yo no las puedo guardar".
Y he aquí que del relicario que contenía las sagradas Especies salió una voz como la de un niño que pudieron oír con distinción: "Yo siempre os defenderé".
Clara añadió: "Mi Señor, protege también, si te place, a esta ciudad que nos sustenta por tu amor".
Y la misma voz respondió: "La ciudad sufrirá, mas será defendida por mi poder".
Entonces, la virgen Clara, levantando el rostro bañado en lágrimas, confortó a las que lloraban diciéndoles: "Hijas, yo salgo fiadora de que no sufriréis nada malo; basta que confiéis en Cristo".
De inmediato, la audacia de los sarracenos, sedientos de sangre cristiana y capaz de los peores crímenes, se convierte en pánico por una fuerza misteriosa, y escapándose de prisa por los muros que habían escalado, huyeron de la ciudad.
A continuación Clara conminó a las que habían oído la referida voz, prohibiéndoles con seriedad que, mientras ella viviera, se guardaran absolutamente de revelar el suceso a nadie (cf. I. Ormaechevarría, Escritos de Santa Clara y documentos contemporáneos. BAC).
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4. En El Escorial
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En la sacristía del Real Monasterio de El Escorial se encuentra una forma eucarística que fue llevada allí en tiempo de Felipe II y que desde Carlos II se le ha tributado culto público dos veces al año, los días 29 de septiembre, festividad de San Miguel, y 28 de octubre, fiesta de San Simón y San Judas.
A finales de junio de 1572, unos seguidores del reformador suizo Zwinglio irrumpieron en la iglesia católica de Gorkum, población a unos 55 kilómetros de La Haya (Holanda), bajo los dominios del rey Felipe II.
Su odio a todo lo que fuese católico -iglesias, imágenes, reliquias, etc.- les llevó al extremo de apoderarse de una hostia consagrada, que extrajeron del copón donde se reservaba.
Uno de los que profanó el templo tomó la forma y arrojándola al suelo la pisoteó, abriendo en ella tres orificios con los clavos de su calzado, de los que brotaron unas gotas de sangre.
Sangre que, a pesar del tiempo transcurrido, todavía hoy se observa claramente en los bordes de los tres agujeros, aunque seca y con un color rojo un tanto desvaído por el paso de los años.
Ante tal extraño prodigio, los profanadores se turbaron, y uno de ellos apenado fue a dar cuenta de lo sucedido al rector de la iglesia, Juan van der Delft.
Este recogió la forma consagrada del suelo y, ambos, rector y profanador, viendo el cariz que tomaban los acontecimientos, huyeron de la ciudad a Malinas, refugiándose en un convento de los Padres Franciscanos.
Allí el profanador se convirtió y tomó el hábito franciscano.
Pero en 1572 Malinas cayó en manos de los sublevados y los católicos enviaron sus reliquias a la próxima ciudad de Amberes para ponerlas a salvo.
Por el testimonio escrito del propio rector consta que la santa forma se entregó a Andrés de Horst, hombre de plena confianza y reconocida piedad, para que la custodiase, aunque bajo la vigilancia de los Padres Franciscanos.
Cierto noble alemán llamado Fernando Weidner, cortesano y capitán del ejército del emperador de Austria, al tener noticia de la Forma milagrosa, deseó vivamente poseerla, no cejando en su empeño hasta conseguirlo.
Por mediación del mismo Andrés de Horst se la pidió al prior de los franciscanos de Malinas, y con el apoyo del propio Van der Delft consiguió que le fuese entregada.
La entrega fue realizada en 1580 en presencia del rector y del prior de los franciscanos.
Pensaba, además, llevársela a Alemania para rebatir a ciertos incrédulos que negaban la sagrada Eucaristía.
Le fue entregado asimismo un documento que avalaba su autenticidad (documento que se encuentra en El Escorial).
Llegado a Viena Fernando Weidner con dicho documento y con la Sagrada Forma, se lo dio a conocer a su amigo el noble Andrés Hirch y éste informó al Consejero del emperador, barón Adam Dietrichstein, y a su esposa doña Margarita de Cardona, que mostraron vivo deseo a Hirch de que consiguiese la Forma.
Éste importunó tanto al noble alemán Weidner que no tuvo más remedio que regalársela.
Muerto el barón Dietrichstein, quedó doña Margarita dueña única de la Sagrada Forma, llevándosela consigo después a Praga.
Después resolvió enviársela en 1594 a Felipe II por mediación de su hija la marquesa de Navarrés, residente en España.
Antes de enviársela a su hija, quiso hacer constar por escrito ante notario y testigos que era la misma forma que ella y su marido habían recibido de Fernando Weidner.
Posteriormente, para que la Forma pudiese ser venerada en exposición pública, y a la vez quedase oculta cuando esto no tuviese lugar, el rey Carlos II pensó que un cuadro la ocultara. Claudio Coello lo realizó. En él se representa al padre Francisco de los Santos impartiendo la bendición al monarca.
En la guerra civil que hubo en España en el siglo XX, los 67 religiosos de El Escorial fueron fusilados y gracias al sacristán, padre José Llamas, que ocultó la Sagrada Forma en unos corporales debajo de una peana de un estante antes de ser detenido.
Allí la encontró el padre Llamas, único superviviente, intacta.
En esa época desapareció la custodia que regaló Isabel II; y en el verano de 1942, la custodia de Carlos II fue robada de su camarín.
Por fortuna, el ladrón dejó la Forma en el templete.
Para evitar otros robos sacrílegos, la Comunidad agustiniana encargó a Talleres Granda la confección de otra custodia, que fue estrenada en 1944.
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5. En la Villa de Vilueña
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El día 8 de noviembre de 1601 tocaron dos niños las campanas de la iglesia de La Vilueña con el fin de anunciar las exequias que se celebrarían al día siguiente por el alma del difunto D. Pedro Goñi, hijo y vecino del pueblo, fallecido el día anterior.
Cumplida la misión, los niños bajaron de la torre e impulsados por el miedo del recuerdo del cadáver recientemente enterrado, corrieron hacia la puerta de la iglesia y, en su carrera tiraron una vela encendida.
Eran las 11 de la noche cuando un vecino del pueblo vecino de Munébrega vio un resplandor y acercándose a Vilueña descubrió que la iglesia ardía. Los vecinos intentaron apagar las llamas pero el templo quedó reducido a cenizas.
El cura párroco, Don Miguel, se acercó donde estuviera el sagrario y, removiendo los escombros, con dolor advirtió que no estaba la arqueta donde se guardaba la píxide que contenía las Formas.
Con lágrimas en los ojos anunció la pérdida a la gentes, que se pusieron a buscarlo por entre las ruinas pues el corazón les decía que allí debía de seguir.
Observaron que a quince pies donde había estado el altar brillaban unas ascuas, y allí se pusieron a buscar diciéndose que, si los Magos de Belén fueron conducidos por una estrella, aquel refulgor era una señal.
Con un pico levantaron una baldosa y allí encontraron la arqueta que contenía el copón.
El párroco la abrió y dentro estaba la cajita de plata con siete formas consagradas, que mostró al pueblo.
Todos los fieles congregados se pusieron de rodillas para adorar.
Como la iglesia estaba en ruina, se traslado la arqueta a la planta baja de la casa de Don Joaquín Pujales, por ser amplia, con los pocos objetos de la iglesia que respetó el fuego, y allí estuvo hasta que terminaron de restaurar la iglesia (que fue mucho más tarde, en 1817).
Pocos días después del incendio, las autoridades del pueblo enviaron noticias de este prodigioso milagro a los Reyes Don Felipe y Doña Margarita de Austria, que a la sazón se encontraban en Valladolid, donde habían trasladado la Corte en 1600. Interesados del suceso enviaron a su primer ministro, Don Francisco Gómez de Sandoval, duque de Lerma, que informado de los hechos y veracidad de ellos dio cuenta a sus soberanos, los cuales concedieron en aquel año algunos honores, entre ellos el que pudiera ostentar en lo sucesivo el título de Villa.
Los fieles de esta Villa quisieron que anualmente se conmemorase tan grande milagro el día 9 de noviembre, fundando al efecto una Cofradía. Corría ya el año 1608, siete años habían transcurrido desde el horroroso incendio, las Sagradas Formas estaban en un estado tal de conservación que nada hacía presumir la más pequeña tendencia a descomponerse. Cuando en la visita pastoral que hizo en aquel año el entonces Obispo de Tarazona, Fray Diego de Yepes, movido de algún escrúpulo, las consumió quedando privados de aquel tesoro incomparable, y conservando solamente la arqueta y caja donde estuvo encerrado el Santísimo Sacramento.
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6. El milagro de Lanciano
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En Lanciano, pequeña población italiana situada a cuatro kilómetros de la autopista de Pescara a Bari, hay una iglesia dedicada a San Longinos.
En esa iglesia, en el siglo VIII, un monje de la Orden de San Basilio, después de la Consagración padeció una fuerte duda contra la Presencia Real de Jesucristo en la Eucaristía.
De pronto sus ojos contemplaron una maravilla: la Sagrada Hostia se convirtió en un pedazo de carne y el Sanguis en coágulos de sangre.
Han pasado más de mil doscientos años. Actualmente el trozo de carne de forma redonda y con un hueco se conserva entre cristales en el ostensorio de una custodia.
En su base, en una pompa de cristal, se guardan los cinco coágulos. Este relicario expuesto a la adoración de los fieles se halla en la iglesia de San Francisco de Lanciano.
El 18 de noviembre de 1970 los frailes menores conventuales, con autorización de la Santa Sede, confiaron a los profesores Linoli y Bertelli -éste último de la Universidad de Siena- el análisis de tales reliquias.
El 4 de marzo de 1971 estos profesores dictaminaron sus conclusiones, que fueron publicadas en numerosas revistas científicas y en el libro de Bruno Sammaciaccia, titulado "Il miracolo Eucaristico de Lanciano".
Los principales resultados de aquel análisis se pueden sintetizar así:
- La Carne es verdaderamente carne, la Sangre es verdaderamente sangre. Ambas pertenecen a una persona humana.
- La Carne y la Sangre son de una persona viva, no de un cadáver.
- Ambos son del mismo grupo sanguíneo (AB).
- El diagrama de esta Sangre corresponde al de una sangre humana que habría sido extraída de un cuerpo humano en el mismo día en el que se hizo la prueba.
- La Carne, que es como una rebanada, está constituida de un tejido muscular del corazón (miocardio).
- La conservación de estas reliquias, dejadas en su estado natural durante siglos y expuestas a la acción de agentes físicos, atmosféricos y biológicos, es un fenómeno extraordinario e inexplicable.
- A pesar de que cada coágulo de sangre es de un tamaño diferente, todos pesan lo mismo pesados uno a uno, y pesan exactamente el peso de los cinco coágulos reunidos.
Mientras la iglesia de San Francisco está abierta, cualquier persona puede ver el milagro permanente, y adorar a Cristo en esas especies sacramentales.